Pierre-Auguste Renoir (s.XIX)                                                 Los Paraguas

 

APENAS DOS GOTAS

       Era el último domingo de septiembre. La aún recordada Fiesta de los Paraguas: aquella simpática celebración de nuestra ciudad que, a esa edad, nos resultaba un poco tonta; tan así, que solíamos negarnos a transitar durante la jornada portando ese implemento, a no ser que realmente lloviese. Pese a que, en ese azulado y temerario mar de paraguas desplegados, tener el propio a tiro confería buena defensa ante un puntazo repentino.
Al momento de pintar esta tela, yo era tan joven como ella. Tenía por delante…al menos estos últimos cincuenta años. Pero claro, no lo sabía; e ignoraba que esa muchacha sería el gran amor de mi vida. El único, en honor a la verdad. Aquello que viví luego en la etapa de matrimonio —poco fructífera y menos breve de lo conveniente— fue una relación concertada para obedecer el precepto de formar familia, críos, y todo ese cuento. De haber sabido que mi corazón viviría apegado a este amor, me hubiese animado, tal vez, a entregar esta carta avejentada que sujeto en mis manos, puesto que nunca llegó a destino. 
Julieta presentía lo que con ella me pasaba; no me cabe duda. Y que por cierto le halagaban nuestros «casuales» seguidos encuentros. Mis modos —al hablarle, mirarle o sonreírle— debían aportarle suficiente evidencia. Pero eso no me bastaba. Confesárselo cara a cara, en la calle y a plena luz del día, sí que era impensado. Ciertamente me preocupaba evitar la comidilla de esas mojigatas señoronas ricas que, como pusilánimes gárgolas, regurgitan tanta arrogancia como chismerío. 
Una carta era el único medio sensato. Resultaba imperioso dar ese salto al vacío. No me parecía justo reprimirlo y renunciar. No había pecado alguno, ¿o sí? Nadie se enamora voluntariamente… Ansiaba dejar de hacerme preguntas inútiles que suponían idénticas respuestas. Un amor obsesivo —tan sólido como excitado e imprudente— brotaba por mis poros aunque se mostrase impalpable; porque libraba una batalla sin cuartel: en cada pensamiento, en cada fantasía que me permitía imaginar, el miedo acechaba y aparentaba agrandarse como un ojo que se muestra tras el cristal de una lupa. Era el temor a enfrentar consecuencias impredecibles. Un miedo aferrado como la costra de una herida, que demandaba ser arrancada con absoluto coraje. 
Recuerdo haber besado e introducido el papel en el sobre, sintiendo que no había vuelta atrás; impasible, con la parsimonia de un juez que dictamina la sentencia. Entregárselo era sencillo, en medio de una multitud entretenida. Bien podía dejarlo caer en su canasta, colmada en otoño de ramilletes de salvia y crisantemos. 
Caminé sin distraerme buscando ese único y apetitoso rostro; como si en las calles no hubiese otras gentes. Hasta que, de buenas a primeras, se apareció mostrando esa carita dulce y serena; con su cutis blanco encandilando toda mi atención. Pero, sabe Dios, que ese sueño del que no quería despertar, se desvaneció en un santiamén: sus ojos color miel de encina me observaron unos segundos sin parpadear —para mí, una eternidad—, mientras una inesperada sonrisa ausente, y una canasta vacía como nunca antes, me daban el primer indicio, una señal inequívoca, advirtiendo que ella no tenía nada para darme; no había lugar para mí. Cuando me apuraba a esconder el sobre entre la falda y la enagua, llegó ese categórico segundo mensaje: una caballerosa mano enguantada descendió su paraguas y cubrió a Julieta cálidamente. Quedé aturdida; ensimismada en mi desconsuelo. Así, observada por una niña que dejaba de menear un aro, comprendí que su vida comenzaba a estar a cobijo de un amor «decoroso» y permitido. 
Unas lágrimas viscosas descendieron por mis mejillas sin apuro. Apenas dos gotas, en una tarde desbordada de paraguas.-