Domingo Mazzone (s.XX)                                                           La Violeta

 

CADA PUTO VIERNES

       Así conocí a los hermanos Alonso: juntos, ebrios, malolientes y bien acompañados por la Violeta, una prostituta algo vulgar pero guapetona y de buen corazón, que años más tarde terminó siendo mujer de uno de ellos. Más precisamente de Bemol, el menor de los dos. Un tío bien pícaro y charlatán del que no recuerdo haber escuchado su nombre de pila. Todos le llamaban Bemol. Él contaba que su apodo era ocurrencia de un primo que había completado sus estudios en el Conservatorio de Oviedo. ¿El motivo? Su oído poco fiable le hacía entonar un semitono por debajo de las notas que salían de su apolillado acordeón, compañero incondicional desde las perturbadoras casamatas de Peña Morquera. Justamente él atribuía su falta de afinación a un daño en los oídos, producto de los estruendos recibidos en esas trincheras al norte de León. No obstante ello, este detalle que seguramente algunos percibían, no le amedrentaba y cantaba a viva voz. 
El mayor se llamaba Fausto, pero para muchos de los que frecuentaban esa tasca frente al viejo hospicio, era Falstaff. Un rozagante malandrín fanfarrón y lenguaraz, de risa fácil pero también de carácter irritable, que hacía honor al personaje de Shakespeare porque, amén de sus modos, supo abrazar vicios y placeres como forma de vida en esos años de posguerra. Según predicaba, él había nacido para el goce, y procuraba convencer a sus ocasionales camaradas de juego y copas, de que la vida era demasiado efímera para sudar la gota gorda con meras obligaciones; por eso consideraba un deber del ser humano complacerse y regocijarse por todos los medios que estuviesen al alcance. Así y sin un trabajo, las pesetas las obtenía a través de las apuestas, y en definitiva su sustento dependía de la suerte que no le era esquiva—, de la innegable destreza que mostraba con los naipes, y de ciertas artimañas a las que recurría con novatos y desprevenidos. Doy fe de ello. 
El espectáculo que a menudo daban era el mismo que vi en aquella oportunidad en la que hice ya buenas migas con Bemol. En una mesa junto a la barra y con una botella de tinto del Duero, cantaban, bebían y brindaban alborozados, invitando a participar del ritual a quienes se acercaban. Falstaff exhibía orgulloso su calva reluciente y su hermano la escondía bajo un sombrero de fieltro. La jarana duraba lo que duraba el vino. Y si este duraba poco, Pepín se ocupaba de llenar nuevamente los dos vasos. No era cortesía de la casa propiamente sino pura conveniencia; el dúo atraía a clientes o curiosos que ingresaban al oír que adentro había jaleo. Ha sido mi caso. 
La única vez que pagué por un encuentro íntimo con la Violeta, supe de buena tinta que de chavales eran inseparables; lo que se dice carne y uña. Y que de tal manera vivieron hasta que, de adultos, las diferencias políticas terminaron deteriorando esa relación tan entrañable. Las discusiones se radicalizaron y el fanatismo escaló a un punto sin retorno en el cual se partió su gran familia. Una de tantísimas destruidas en esa penosa y triste etapa de España. Al estallar el conflicto, ambos estuvieron combatiendo en los frentes, cada uno en su bando y claramente en veredas opuestas durante esos prolongados cuatro años. Finalizada la guerra, sin querer se vieron las caras un viernes en esta tasca. Hubo una discusión en la que se dijeron lo que se dijeron con intercambio de munición pesada. Seguidamente se permitieron una relajada plática que concluyó con un tímido abrazo. Fue el inicio. A partir de allí comenzaron a juntarse religiosamente cada puto viernes. 
Beber, cantar y bromear representaba la ceremonia de la reconciliación, la celebración y el perdurable brindis. Festejar el no haberse matado uno al otro cegados por tanto odio. ¿Qué más da? Estupenda manera de buscar su redención.-