
Oscar José Merlano (s.XX-XXI) Capillas de Tafí (serie)
EL RELICARIO DE ARÁOZ
Leyendo acerca del supuesto milagro que aconteció allá por 1812 en la Batalla de Tucumán, termino de comprender el curioso y enigmático manuscrito que apareció detrás de una pintura comprada por papá en Tafí del Valle hace varios años. Cuadro que padeció los trastornos de varias mudanzas, aunque los daños afortunadamente no alcanzaron a tocar la tela.
Don Figueroa —el hombre a quien encomendé cambiar el antiguo marco de cedro deteriorado— se llevó una enorme sorpresa mientras quitaba el bastidor del óleo para enmarcarlo en uno nuevo hecho de raulí. Al entregarme el trabajo varios días después de lo acordado, me anotició del hallazgo. Y mi extrañeza al leer esas dos hojas apergaminadas redactadas en una delicada cursiva y con pluma fuente, me impulsó a consultar uno de los tomos de Historia Argentina que la biblioteca de casa heredó de mi difunto padrino.
Según testimonios de la época, el Ejército del Norte al mando de Belgrano —con tropas dirigidas por Dorrego, Balcarce y Díaz Vélez— dio combate en clara inferioridad de condiciones logrando la victoria a partir de una inesperada ayuda. Un inexplicable suceso en el que la Virgen de La Merced parecería haber intervenido oportunamente en la figura de miles de langostas, que prodigiosamente irrumpieron en el campo de batalla cegando y confundiendo a las filas enemigas, facilitando así las maniobras ofensivas que permitieron doblegar al ejército realista que los duplicaba en número.
Para Don Figue, ese escrito pegado al dorso de la pintura fue hecho por el mismo pintor. Yo creo que no, que el artista pudo haberlo encontrado y haberse inspirado para crear la pintura. En cualquiera de los casos, uno dio origen al otro y ambos están vinculados por la misma historia. Para evitar su deterioro le pedí que me enmarcara el relato:
«Una inmutable y confusa masa de siluetas inclinadas que viene avanzando paso a paso, sumiendo la vista en ese sendero desolado de pedregullo salpicado de yuyos, detiene su marcha a pocos pasos del oratorio. Solo es testigo una opulenta luna, algo velada, que se abre paso entre un cielo que desvistió su pelaje índigo. La tarde poco primaveral va pincelando gradualmente ese lienzo etéreo con anudados nubarrones violáceos, tan amoratados de frío que corren a cobijarse detrás de los cerros.
Tras el tañido tenue de un llamador, dos figuras despuntan del cortejo elevando estandartes en cruz, y la veintena de integrantes entona una copla que alterna con declamaciones cuyo eco desordena la rítmica inicial. A la vanguardia del séquito, un Aráoz ya anciano se quita el escapulario colgado sobre su pecho canoso elevándolo hacia el cénit. Se persigna e inicia una plegaria de alabanzas a la Virgen patrona.
Transcurridos más de cincuenta años, el conjunto de vivencias que recluye su memoria sigue siendo fidedigno a lo vivido en aquel tiempo por el entonces fornido muchachito, que se sumó a la patriótica contienda quizá buscando presumir ante alguna moza del pueblo. El aluvión de recuerdos es incesante: el fragor ensordecedor de cañones y fusiles, el cuerpo a cuerpo con improvisadas lanzas, el avance de las caballerías estremeciendo el suelo y cegando la visión sobre el campo de batalla, los alaridos de propios y contrarios más las confusas órdenes de uno y otro bando y el perturbador olor de la pólvora y de la carne quemada sobre uno de sus hombros.
Pero nada se compara con el inexplicable prodigio que torció el resultado de la disputa, facilitándole el triunfo a toda esa indomable hueste gaucha comandada por don Manuel Belgrano. Milagro que Aráoz conmemora cada 24 de septiembre peregrinando desde Campo de las Carreras hacia el modesto templo que alberga una imagen de Nuestra Señora de las Mercedes y atesora su relicario de cardón con los cuerpos disecados de un puñado de langostas; acalladas integrantes de esa horda pendenciera que, guiada por la Virgencita, surgió de la nada como un voraz y ensordecedor vendaval, asolando cual granizo implacable a las avanzadas españolas dirigidas por Pío Tristán.
Concluida la invocación y antes de reanudar el corto trayecto que resta hasta el escueto atrio de tierra y la pesada puerta de algarrobo, los fieles esperan percibir en el cielo la estela carmesí que se traza entre las nubes en cada aniversario».-