Vincent Van Gogh (s.XIX)                                                          Café nocturno

 

En mi cuadro del café nocturno he tratado de expresar que el café es un sitio donde uno puede arruinarse, volverse loco y cometer crímenes.
– Vincent Van Gogh –

 

LA BOLA ROJA

            Ese figurín de caricatura de nuevo me observa sin pestañear. Y lo viene repitiendo desde hace tres días, pasada la medianoche: entre las doce y diez y las doce quince. Minutos más, minutos menos. Luego desaparece. Pero yo no meto mano allí; que quede claro que es mano ajena. La de un imbécil al que le parecerá gracioso poner y sacar un personaje en una tela inconclusa; además, de un modo absurdo e inexperto. Tiene esa obsesión tonta y antojadiza que trato de ignorar pero igual me provoca. 
La clientela la llamo por su nombre genérico—, con amabilidad pide rojo, rojo sangre, y puede que no haya más remedio. Lo percibo en cada rostro. La pareja de la punta lo aguarda con ansiedad. Él no tiene la iniciativa, pero ella la asume por ambos. Es guapísima; pero ambigua. Aparenta ser dulce, pero es miel y hiel. No me embauca. Menos aún cuando deja disolver tan lentamente el terrón de azúcar recostado en la cucharita. Disfruta ahogarlo de a poco, con esmero, experimentando cómo esos granos se desintegran hasta su justa extinción. 
Los de acá parecen forasteros. Aún no bebieron nada, pero veo que susurran. Podrían ser unos rufianes cómplices de aquel. Eso me excita más. 
Víctor sigue ensimismado. Lleva días así: afligido por nada, o por todo; o por ambas cosas. Será en señal de protesta por la vida miserable que le tocó en desgracia: una sosa existencia, eximida del frenesí de las pasiones; sin matices. Así y todo, sé que esta vigilia lo motiva. Tendrá sus frutos ser protagonista de algo que podrá contar. 
Siento cierta melancolía por este bar mediocre y arrogante, que un día no en mi presencia, gracias por el recordatorio supo ser un dechado de esplendor. Un día que parecen años, que parece haber sido otra vida. Estaba dispuesto a deshacerme de él; pero no hoy. Por una vez prefiero no hacerlo. 
Hay sillas vacías, cojines aún tibios; desde luego, malolientes por excesiva acumulación de flatulencias. Una acumulación en dosis homeopáticas; no por ello menos efectiva. Son las ausencias de quienes vinieron solo por un trago y no se quedarán a disfrutar de la función. No querer formar parte de los asistentes es su problema, no el mío. 

Doce y catorce ya. No espero a que ese cretino se esfume nuevamente. Va siendo hora de que ponga las cosas en su lugar. Embisto primero; la acción es muy rápida. Tomo el taco de billar con ambos brazos aferrándolo por su parte más delgada, y asesto un golpe fuerte que sí, no es certero no tiene destino en el cuerpo que busco, pero sí en el muro que se encarga de dividir mi arma en dos piezas casi inútiles. La respuesta de él es rotunda, infalible, para muchos estupenda. Solo necesita coger la bola blanca que tiene allí a mano y con los dedos firmes, sujetarla haciéndola parte de su anatomía. El primer impacto da de lleno en mi cabeza que según contará Víctor encuentra prontamente las tablas del piso. Los siguientes golpes, obsesivos, se concentran en el lateral expuesto que muestra mi cráneo. Uno, dos, tres… siete bolazos son suficientes para que concluya el espectáculo. La bola blanca ahora es roja. Muy, muy roja. Rebosante, chorreada de color y de textura, nutrida por las carnes blandas y desmenuzadas de mi pabellón auditivo que, como yo, comienza a sumirse en un mutis profundo y necesario. 
Él ha ganado y no hará alarde por ello. Mañana y cada día volverá a estar el figurín parado allí. También verán a esa condenada bola roja.-