
Paul Cézanne (s.XIX) Los jugadores de cartas
LA BUENA EXCUSA
Cuando quedo a solas lavando y acomodando todo el menaje, siento que en el ambiente de la medianoche permanece una espectral energía que se irá diluyendo muy lentamente, permitiéndome repasar las percepciones de la jornada. Rostros y gestos, colores, olores, sonidos, palabras. La clientela habitual es para mí una familia, y como tal, cada integrante no puede ocultar sus fortalezas ni sus debilidades. Si de naipes habláramos, más se ve mirando que jugando…
Sánchez es zapatero. Repara zapatos sencillos, de los que deben arreglarse con prisa, ya que probablemente no tengan reemplazo. Se trata de un hombre sereno y un tanto taciturno, actitud que podría corresponder a la vida solitaria y su recluida labor, apenas acompañado por los sencillos implementos que utiliza para remendar los encargos. Alguna vez dijo —en una suerte de homilía que ensayó después de beber varias copas— que el calzado elegante y sofisticado no atraviesa la puerta de su taller de compostura. Recuerdo que lo remarcó elevando el mentón, con un amague de orgullo seguido de una mueca de desprecio.
Suele llegar al bar unos diez minutos antes de la hora del encuentro, sentándose a contemplar las calles con aire ausente. En ocasiones sus fatigados ojos aceitunados se pierden frente al vidrio empañado, clara evidencia de que su cabeza estaría ajena a lo que pueda suceder en esta esquina, de a ratos concurrida. Sabemos que no ordenará nada hasta tanto lo haga su flemático compañero: un espigado médico viudo y jubilado que volvió a su pueblo natal tras varios años en la gran ciudad.
El doctor llega a tiempo. Acostumbra saludar acercándose a la barra sin dirigir la mirada, algo sobrado de indiferencia. Previo a pedir la botella de vino que fluirá lentamente sobre los pequeños vasos, enciende su pipa, compañera inseparable que le ha asegurado una tos crónica por momentos escandalosa, que infaliblemente incomoda a alguno de los presentes. En esas circunstancias, el zapatero, con buen juicio, suele recriminarle que se ande floreando con sus conocimientos médicos toda vez que tiene oportunidad de repartir recomendaciones, y no pueda controlar esa obstinación por devastar sus pulmones. Y allí sobreviene la respuesta enfática de quien expone todas sus credenciales para explicar lo inexplicable. Atributo que caracteriza al Dr. Quirós: defender y justificar sin un atisbo de vacilación dudosas verdades que, en muchos casos, se sostienen con hilvanes. Así transcurren estas tertulias que se entablan al momento de mezclar barajas. Se inicia el juego con un monólogo preliminar que el doctor propone desplegando su voz ronca, planteando una miscelánea de supuestas teorías y fundamentos sobre la evolución del universo, del hombre, de las sociedades, sus desigualdades y miserias, y cuanto tema polémico se le ocurra tirar sobre el mantel de la mesa, para que luego el camarada tenga su réplica, haciendo ingentes esfuerzos para refutar o interpelarlo. En esa coloquial esgrima el acuerdo no es opción. Cuando la conversación o los argumentos se agotan y resulta imperioso entregarse a un impasse, sus rostros se sumergen en los naipes y un contrastante silencio parece congelar la escena que recrea ahora mi mente. Una impronta: la mesa de la entrada, el vino amable, Quirós y Sánchez en entrañable compañía y la buena excusa del juego de cartas.
Un endeble hidalgo y su apegado escudero perseverando en la aventura de combatir los demonios de sus soledades.-