Rembrandt van Rijn (s.XVII)                    El cambista o Parábola del rico insensato

 

Aquí más que en otra parte vi mucha gente, que de una banda a la otra  con aullidos grandes, con el pecho se arrojaban enormes cargas: Se golpeaban uno al otro, y de allí luego, cada uno volviéndose, recomenzaba atrás, gritando: ¿Por qué acaparas? ¿Por qué derrochas? Así rondaban por el tétrico anillo desde un opuesto al otro extremo, siempre gritando el injurioso estribillo.  

de El Infierno, Canto VII, Divina Comedia – Dante Alighieri

 

LA EXPIACIÓN

       Midas… ¡Oh, simpático reyezuelo! Tan concentrado observas cómo tu hálito débil no agita ahora esa frágil flama. Da igual… poco tardará en extinguirse. La muerte no está lejos y comprendes que no será indulgente; mucho menos sobornable… No servirán tus argucias, no con ella… 
¿Qué estarías dispuesto a ofrecerle para que contigo ignore su faena? ¿A cuánta riqueza renunciarías si ese milagro fuese posible? ¡¡Hombre necio!! Cuando la dama agria se presente a pedir tu alma y tu corazón impulse el último latido, ¿quiénes tomarán lo que tan celosamente has guardado? Si, ciertamente; tu vasta y despreciada familia. Esos que te sobrevivirán y que pretenden no ser decepcionados de una vez por todas. 
Bien se consume tu vida en la penumbra; cegado por la ambición. Aislado entre los muros de un pequeño y lóbrego templo que huele a moho, rindiendo pleitesía y devoción al demiurgo de duras y doradas mejillas que ha obnubilado tu miserable existencia. Sabes lo que te espera y, aun así, repites de nuevo el inconsistente ritual: la orgullosa contemplación de tus preseas; la exaltación de tu estéril fortuna. Regodeándote en las atesoradas posesiones y aferrándote a un botín inútil que no llevarás a ese infierno que aguarda tu llegada. En él, en ese oscuro cuarto anillo reservado a avaros y codiciosos incontinentes, custodiado por el poderoso y severo Plutus, empujarás enormes rocas de oro por toda la eternidad. Será allí también donde, tarde o temprano, te enfrentarás con tus ingratos deudos: los hijos pródigos que dilapidarán tus logros sin culpas ni remordimientos. Esos que, como patéticas plañideras, llorarán en tu funeral teatrales lágrimas, para luego secar sus bocas en los oídos de la ciudad, hablando de tu austera generosidad y de la menguada herencia que has dejado. 
Todo cuanto has tocado se ha convertido en riquezas y, aun así, eres incapaz de estar satisfecho. Con enfermiza obsesión has acumulado y con absoluta avaricia has mezquinado. ¡Mira a tu alrededor! ¡Observa tu preciado altar! Estos enormes libracos, tus sagradas escrituras que minuciosamente examinas cada día, ¿cuánto han enaltecido tu espíritu? Cientos y cientos de hojas atestadas de números que solo registran ventajosos beneficios, privilegios y prebendas. 
Tu ciclo vital amenaza cerrarse; es buen momento para reflexionar lo que el obispo te ha advertido: «Debemos morir en gracia y amistad con Dios. A tiempo estás de comenzar la purificación de tu alma y evitar ese amenazador ingreso al inframundo. La iglesia hallará un buen destino a esas riquezas que, de no mediar cabal resguardo, serán inevitablemente despilfarradas. ¡Piénsalo, Ludovico! Será una correcta y oportuna decisión. Esa que a ti y a los tuyos dará salvación».-