
John Singer Sargent (s.XIX-XX) Marionetas
MARIONETAS
Amadeo vio por primera vez un espectáculo de marionetas y títeres en el orfanato que lo acogió con menos de dos años. Fue en ocasión del traslado de la entidad al predio de Balvanera en las postrimerías del siglo pasado. La Sociedad de Beneficencia había organizado una serie de entretenimientos para festejar el fin de la ardua mudanza a un edificio más amplio y accesible, alejado ya de ese arrabal descampado, bajo e inundable, de tortuosas calles de tierra que en minutos se anegaban con el primer chaparrón.
En el nuevo asilo se implementaron varios talleres, tan necesarios para el aprendizaje de oficios como para la reparación y los remiendos de lo que fuese menester: herrería, mecánica, zapatería, sastrería, carpintería e inclusive uno de electricidad tiempo después. Cuando cumplió los diez años y a su elección, le permitieron asistir al de carpintería para iniciarse en las primeras labores sencillas y libres de riesgo: desde el meticuloso lijado y encerado de nobles maderas hasta el barrido interminable de aserrines y virutas, que comenzó a portar en sus prendas con indisimulado orgullo. Allí, en un descolorido cobertizo de chapas y cabriadas pobladas de añosas telarañas, nariz y labios se embebieron de una alquimia de agradables sensaciones, y empezaron a diferenciar el tenue dejo a vainilla de un roble europeo, del pronunciado e intenso sabor ambarino de un cedro. En ese ambiente de tinte abetunado, regulado por el pie y la pulgada, arrullado por la melodía de sierras, garlopas, cepillos y formones, Amadeo creció hasta que inexorablemente su edad lo obligó a salir al mundo exterior.
Al egresar del hogar siendo ya un oficial avezado, su conocimiento e idoneidad eran notables y rápidamente consiguió el primer trabajo remunerado en una conocida fábrica de muebles provenzales del barrio de Almagro. Tiempo después pudo armar un pequeño taller en su casa para encarar lo que sería la pasión de su vida, nacida a partir del encantamiento que despertó en su niñez esa primera función de títeres. Así dio principio a la creación de graciosos y peculiares muñecos, en la piel de paladines de capa y espada, soldados romanos, príncipes, doncellas, ridículos arlequines y toda clase de personajes extravagantes y grotescos, adquiridos por un sinnúmero de titiriteros en al menos dos generaciones. Él fue el artesano que se remitía a la fabricación. Según sus dichos, esos monigotes de madera y trapos cobraban vida a partir de los versados movimientos de manos, varas e hilos del titiritero o marionetista; como el trabajo de un lutier, que precisa de la capacidad expresiva del buen instrumentista para que su obra tenga sentido, se complete.
Mientras el orfanato se mantuvo abierto, Amadeo fomentó y participó de innumerables funciones de marionetas y títeres confeccionados por él. Se efectuaban al menos dos veces al año. Si el clima era adverso, las representaciones se hacían en el alargado vestíbulo que separaba el hall de acceso del espacioso comedor, pero sus preferidas eran las que, a su pedido, se realizaban en el tinglado en donde seguía funcionando el taller de carpintería.
Un pequeño escenario a modo de retablo y alguna pintura de fondo que con tiempo suficiente me encargaba doña Lucía —una de las damas de la beneficencia, marionetista de linaje—, recreaban el marco necesario para que comenzase la magia. Siendo el primer espectador, él se ubicaba adelante, pero lateralmente, para evitar ser obstáculo de las visuales de los más pequeños. Siempre atento, disfrutaba con su mirada asombrada de ver cómo esos titiriteros —más su hijo, de asistente y aprendiz— despertaban a aquellos cuerpecitos inanimados, para que decenas de niños pudiesen imaginar un mundo onírico más allá del amparo de muros insoslayables.-