
Marianne Von Werefkin (s.XIX-XX) Patinadores
PAPÁ
Irina Peretskaia llevó a la tela significativos recuerdos de su infancia y de su dura adolescencia en tierras cosacas. Cargó memorias propias y ajenas. Las que atesoró desde su personal percepción del mundo y las que conservó de esas narraciones transmitidas por sus mayores. Una mirada nostálgica y subjetiva que condensa vivencias cotidianas en tiempos tan románticos como convulsionados, algo idealizada tal vez por el exilio.
Estas emociones han sido plasmadas en una vasta obra expresionista y temperamental que abarca distintas temáticas: los azulinos paisajes —como los que se podrán apreciar en la serie de pinturas que dedicó al ignoto río Voljov—, con áridos crepúsculos o amaneceres lánguidos sobre sus gélidas aguas; los caricaturescos y deformados caseríos coloridos posados en llanuras interminables; las siluetas exageradas de pobladores o de campesinos en sus labores rurales —logradas con un particular dinamismo—, más todo lo que retrató desde la contemplación del mundo espiritual, haciendo énfasis en los rituales de la fe: procesiones, iglesias, íconos, cruces, entierros. Pero la singular pintura que llegó a mis manos en una oportunidad, podría tener origen en la imaginación de Irina, en virtud del relato de un hecho histórico en el que estuvo involucrada su familia, y que de cierta forma marcó el rumbo de su vida.
Siendo ella una niña, la madre tuvo que describirle —seguramente de un modo comprensible para su edad— los nefastos acontecimientos del tristemente célebre Domingo Sangriento de enero de 1905, también llamado Domingo Rojo, en el que cientos de manifestantes pacíficos, portando simples estandartes, murieron acribillados por la Guardia Imperial rusa a las puertas del Palacio de Invierno, la distinguida residencia del emperador Nicolás II en la majestuosa ciudad de San Petersburgo. Un escalofriante tendal de cuerpos esparcidos, en un manto blanco que venía aplastándose por miles de pisadas. Huellas de trabajadores, mayoritariamente de la imprenta, congregados como consecuencia del inicio de unas jornadas de huelga. Aunque también se le sumaron panaderos, ferroviarios e inclusive algunos miembros del ballet imperial; una provocación adicional que presumiblemente haya aumentado la ira del Zar, que junto a su familia, se hallaban residiendo en Tsárkoye Seló. En dicha revuelta habría perdido la vida el padre de Irina —al que no llegó a conocer— antes de que la pequeña cumpliese un año.
Años más tarde, en ocasión de la Pascua, a poco de concluir las últimas escaramuzas de la Primera Guerra y en medio de los levantamientos del pueblo ruso contra el régimen, su abuela y su mamá le contaron que, según rumores que circulaban en la capital, en el último aniversario de la cruel matanza, al oscurecer y frente al Palacio del Zar, varios juraban haber visto desfilar decenas de almas, deslizándose plácidamente sobre la extensa e impertérrita explanada congelada.
A esta pintura Irina la tituló sugerentemente Papá. Al que parecería destacar, dando un brillo muy sutil, en uno de los rostros del primer plano.-