
Jheronimus van Aken “El Bosco” (s.XV-XVI) El prestidigitador
PARA EL ASOMBRO
«¿Creen que lo han visto todo?», repite Jacob una y otra vez —con su característica acentuación y apostado en una esquina de la plaza—, previo a lanzar la invitación: «¡Acompáñenme a adentrarnos en el maravilloso mundo de lo inexplicable!».
Nada más decir esto para que más de uno ceda a la curiosidad y decida escoltarle hasta su mostrador de ilusiones, por estos días instalado en el callejón lindante con el mercado. La escasa luz vespertina parece enangostar aún más esta vía estrecha que no admite el tránsito de carros. En esos pocos pasos, dándose prisa para evitar que las inquietudes decaigan, el versátil charlatán suelta frases o acertijos bien ensayados, que completan el camino de migajas que siguen quienes caen en su juego. Exiliado de Baviera por herejía, sin duda se ha hecho de un nombre; su pericia en el arte de la prestidigitación le ha otorgado una fama que se extiende hasta la mismísima Pavía.
Lo acompañan sus mascotas, adiestradas para participar en ciertos números, con las que se entiende a través de guiños precisos y unos vocablos en lengua germana: la veterana lechuza, a la que le place asomarse por esa cesta acogedora, pero que rehúye de los aburridos ejercicios en el aro; más el estrafalario gozque que, como de costumbre, muestra escaso interés por estos conciliábulos que reúne su amo, manteniéndose nostálgico, quién sabe, por aquellos lejanos tiempos de dicha.
Hoy, el inefable Pierino —encubierto bajo el ropaje de un dominico y acompañado por su diminuto sobrino— está de parabienes; ya que no solo se han acercado desventurados mirones que conforman parte de la chusma que frecuenta la plaza. El prestidigitador ha logrado atraer la presencia de un puñado de notables burgueses, de la impávida abadesa de Torba, y de Visconti, el pérfido y marchito noble que alguna vez jugó de mandamás en esta ciudadela, ahora irritada por un asedio que lleva dos meses sin intervalos, resecando ánimos y suministros por igual.
«¡Observe y no aparte sus ojos!», advierte Jacob con voz chillona, desafiando a las miradas atentas que igualmente se distraen por el meneo de su varita. El escepticismo inicial se vuelve perplejidad al desaparecer dos canicas colocadas debajo de un vaso invertido. Visconti, ofuscado por el truco que no logra descifrar, exige que se repita el pase, arqueando la espalda para acortar la distancia entre su deteriorada arrogancia y las manos ligeras del ilusionista. La reiteración del truco y su incesante desconcierto le hacen sentir burlado o quizá humillado, algo que le enoja aún más, impulsándole a desparramar blasfemias a troche y moche.
Tras sus exabruptos tan desatinados, un inesperado eclipse comienza a acelerar el ocaso, lo que despierta el crotorar de una cigüeña apostada bajo un pequeño lucernario. Sorprendido, Pierino eleva su mirada al cielo, en tanto el viejo experimenta una débil arcada que le lleva a regurgitar una primera rana que cae sobre la mesa. Antes de expulsar la segunda y como por arte de magia, desaparecen varios ducados de plata de su monedero de cuero.-