
Henri Matisse (s.XIX-XX) Conversación
PURGATORIO
Ayer nos juntamos otra vez con los ex compañeros del Frey. Y como de costumbre, se habló de política, un poco de fútbol, no faltó alguna discusión medio filosófica, y ya con el vaciado de varias botellas, vino la melancolía: trayendo recuerdos de la primaria y el secundario. Mencionamos a un par de maestras… y ahí interrumpió Ramiro para contarnos que, de casualidad, se había enterado del fallecimiento de Berta, la maestra de tercero y cuarto grado.
—Bueno, podía esperarse. —comenté yo—. Nosotros tenemos cincuenta y pico, y en aquel entonces no era jovencita, ya era toda una señora.
¡Berta! Qué mina detestable… Al finalizar tercero ya la odiaba. En cuarto la recontra odiaba. Me mandaba a dirección a cada rato, y me llenaba el cuaderno de comunicados con quejas para anoticiar a mis viejos. Lanzaba unos estornudos feroces que me provocaban risas. No era para menos; pero tenía que contenerlas porque se enfurecía. Sentido del humor cero. Muy amarga.
¡Qué manera de chupar y de reírnos anoche! No sé cómo llegué a casa. Es más, no sé si llegué a casa, jaja. Recuerdo vagamente que en algún momento el Gordo me miró y tiró:
—Che, este está muy mal…
Habrá sido efecto de tanto alcohol, y también de esto que hablamos, que vengo a soñar con Berta. Un sueño muy loco, porque ella aparece como la recuerdo, pero yo estoy igual a como soy ahora… no de pibe. La tipa me pide que me acerque, y estoy en piyamas… un delirio. Quedo parado frente a ella, que está vestida como Morticia, de los Locos Addams, y arranca con cuestiones raras… No cazo una… Estamos los dos solos. Y no es un aula; o sí, pero extraña: un recinto azulado que no diferencia piso, de paredes, de sillas… Hay una ventana por la que veo el patio de la escuela, mucho césped y charcos o estanques llenos de nenúfares. Eso debe haber quedado en mi cabeza por otro tema que se conversó: Marcos nos contó que el año pasado armó un estanque con peces de colores, y que metió unos nenúfares; ahora las flores flotan adornando el fondo de la casa.
Le digo que me voy a ir; que me siento incómodo con el interrogatorio. Que ya estoy grande… no corresponde que me tome examen de nada. Es una incoherencia total… Me explica que no es un examen sino una instancia que debo cursar. Que ella está tan muerta como yo, y que las normas allí obligan a pasar un año con alguien al cual hemos detestado. No llega a terminar la frase y pierdo la paciencia:
—¿Una instancia que qué? ¡Basta! —Doy media vuelta y me voy… bah, intento irme… pero no hay salida. Al encarar por donde vine, la situación es exactamente la misma: ella sentada, la ventana con reja, afuera los árboles y esos charcos de mierda… Me entra cierta desesperación, y ella, sin inmutarse, me dice:
—¿Qué es lo último que escuchó antes de morirse? —Absorto por la estupidez que me está preguntando, ya alzo más la voz:
—¡No me morí Berta! estoy en un sueño pelotudo del que quisiera despertar. —Y vuelve a insistir hablando más lento, con énfasis; remarcando cada palabra:
—Bueno, se lo digo de otro modo: ¿Qué es lo último que escuchó antes de llegar acá?
—No sé, señora; no tengo idea… Será algo que habló mi jermu…
—No, no; eso pasó horas antes. A ver… le doy una ayudita, ¿sí? Lo dijo Ulloa, su compañero de banco.
—Qué sé yo…, se la pasó hablando el gordo… Pero bueno, sí, lo último que recuerdo es que gritó que yo estaba muy mal.
—Exacto, Artoni, ¿ahora entiende? La emergencia llegó tarde; por eso usted está aquí. Compartiremos juntos un año más. Tome asiento que tengo que recibir a otro.-
—Bueno, podía esperarse. —comenté yo—. Nosotros tenemos cincuenta y pico, y en aquel entonces no era jovencita, ya era toda una señora.
¡Berta! Qué mina detestable… Al finalizar tercero ya la odiaba. En cuarto la recontra odiaba. Me mandaba a dirección a cada rato, y me llenaba el cuaderno de comunicados con quejas para anoticiar a mis viejos. Lanzaba unos estornudos feroces que me provocaban risas. No era para menos; pero tenía que contenerlas porque se enfurecía. Sentido del humor cero. Muy amarga.
¡Qué manera de chupar y de reírnos anoche! No sé cómo llegué a casa. Es más, no sé si llegué a casa, jaja. Recuerdo vagamente que en algún momento el Gordo me miró y tiró:
—Che, este está muy mal…
Habrá sido efecto de tanto alcohol, y también de esto que hablamos, que vengo a soñar con Berta. Un sueño muy loco, porque ella aparece como la recuerdo, pero yo estoy igual a como soy ahora… no de pibe. La tipa me pide que me acerque, y estoy en piyamas… un delirio. Quedo parado frente a ella, que está vestida como Morticia, de los Locos Addams, y arranca con cuestiones raras… No cazo una… Estamos los dos solos. Y no es un aula; o sí, pero extraña: un recinto azulado que no diferencia piso, de paredes, de sillas… Hay una ventana por la que veo el patio de la escuela, mucho césped y charcos o estanques llenos de nenúfares. Eso debe haber quedado en mi cabeza por otro tema que se conversó: Marcos nos contó que el año pasado armó un estanque con peces de colores, y que metió unos nenúfares; ahora las flores flotan adornando el fondo de la casa.
Le digo que me voy a ir; que me siento incómodo con el interrogatorio. Que ya estoy grande… no corresponde que me tome examen de nada. Es una incoherencia total… Me explica que no es un examen sino una instancia que debo cursar. Que ella está tan muerta como yo, y que las normas allí obligan a pasar un año con alguien al cual hemos detestado. No llega a terminar la frase y pierdo la paciencia:
—¿Una instancia que qué? ¡Basta! —Doy media vuelta y me voy… bah, intento irme… pero no hay salida. Al encarar por donde vine, la situación es exactamente la misma: ella sentada, la ventana con reja, afuera los árboles y esos charcos de mierda… Me entra cierta desesperación, y ella, sin inmutarse, me dice:
—¿Qué es lo último que escuchó antes de morirse? —Absorto por la estupidez que me está preguntando, ya alzo más la voz:
—¡No me morí Berta! estoy en un sueño pelotudo del que quisiera despertar. —Y vuelve a insistir hablando más lento, con énfasis; remarcando cada palabra:
—Bueno, se lo digo de otro modo: ¿Qué es lo último que escuchó antes de llegar acá?
—No sé, señora; no tengo idea… Será algo que habló mi jermu…
—No, no; eso pasó horas antes. A ver… le doy una ayudita, ¿sí? Lo dijo Ulloa, su compañero de banco.
—Qué sé yo…, se la pasó hablando el gordo… Pero bueno, sí, lo último que recuerdo es que gritó que yo estaba muy mal.
—Exacto, Artoni, ¿ahora entiende? La emergencia llegó tarde; por eso usted está aquí. Compartiremos juntos un año más. Tome asiento que tengo que recibir a otro.-