
Joaquín Sorolla y Bastida (s.XIX-XX) Paisaje con figura
REENCUENTRO
La Baba Jelena —abuela Elena— fue abuela y también madre de Josip Milic. Se ocupó de criarlo y de darle educación en tiempos hostiles de la Serbia de principios de siglo. Su hijo había perdido la vida en la batalla de Kolubara, enfrentando al Imperio Austrohúngaro, y su nuera, a pocos meses de dar a luz y en los preludios de la Gran Guerra, esquivó la responsabilidad sobre ese único crío engendrado, emigrando a Norteamérica en compañía de una prima.
Doña Elena fue una trabajadora incansable, con una fuerza interior y una obstinación por la vida dignas de admiración, virtudes que le ayudaron a vencer innumerables adversidades que se interpusieron en su camino: pérdida de hijos, de esposo, de cosechas…
Por costumbre pero fundamentalmente por necesidad, tuvo que formar a su nieto en las diversas labores del campo; se requerían brazos fuertes y Josip ya los tenía antes de convertirse en un muchachito corpulento. Pero también fue su mentora en la afición por la música y la lectura, verdaderos sosiegos para quienes transitan por climas turbulentos.
Josip me contó que, ya desde pequeño, por las noches y luego de cenar bien temprano, la Baba solía terminar exhausta por la fajina diaria. Se evidenciaba en los frunces de sus cejas, que se volvían más pronunciados; y en la voz que se le secaba haciéndole carraspear. Así y todo, guardaba siempre un resto de voluntad y amor para acompañarlo a la cama, arroparlo, compartir una oración y contarle o leerle diversos relatos fantasiosos o sobrenaturales; que eran los preferidos de ambos: las fábulas de las Vilas, esas arteras ninfas de voces melodiosas y encantadoras que engatusaban a más de uno…; los inquietantes cuentos de brujas elaborando pócimas inmundas o los de rapaces vampiros al acecho de inocentes párvulos. De igual modo les fascinaba releer las antiguas leyendas de los dos dragones desenfrenados y antagónicos, Zmaj y Azdaja —el dragón noble y su par malvado—, y demás relatos de aparecidos y de espíritus errantes, que mantenían abiertos y expectantes a esos ojos que ya habían visto desdichas, pero seguían siendo ingenuos. En ese elenco no podía faltar un personaje como la Parca, ese infame espectro harapiento y cadavérico de apariencia femenina que, portando una incisiva guadaña y sin distinción alguna, se ocuparía de cobrarse la vida de todo aquel al que le llegase la hora. Sin embargo, en las historias que ella inventaba, ese aspecto intimidante estaba visiblemente atenuado; la describía como una anciana flacucha y cenicienta, quizá algo compasiva, que aparecía de la nada entre los campos cargando sus implementos sobre el hombro, buscando sin descanso el paradero del desahuciado.
Los años de niñez pasaron rápido y esas historias fabulosas quedaron para el recuerdo.
La pasión de Josip por la pintura fue consecuencia de su viaje a América, en el que rastreó a su mamá como un sabueso. Nunca la halló, mas nunca dejó de pintar; lo hizo aun encontrándose muy afectado mientras transitaba su enfermedad.
Este cuadro lo realizó un mes antes de partir, cuando estaba por cumplir cincuenta y cinco años. Una buena manera de pensar en su muerte tan próxima fue la de imaginar que la Baba iría por él.-