Francisco de Goya (s.XVIII-XIX)                                                    La forja

 

SOLO UNO

      Desde muy joven, Matheo Fabbri sintió el deber de transmitirle a su descendencia el valioso oficio de herrero. Su padre había hecho lo propio con él: acercarlo desde pequeño a esa agotadora pero fascinante actividad que comenzaba antes del amanecer y concluía al caer la tarde. La ardua labor de enseñanza requirió años de paciencia, dedicación y cuidados, pero a fin de cuentas rindió sus frutos y él continuó con el taller. Ese modelo lo aplicó con sus hijos y los resultados fueron igual de provechosos. 
En los últimos tiempos sus manos y su vista fueron perdiendo precisión, e indefectiblemente tuvo que dar un paso al costado, cediendo el rol principal a sus herederos, convirtiéndose —sin pena alguna y con orgullo— en un mero ayudante. No obstante, seguía balbuceando indicaciones, a menudo incomprensibles en medio del ruido estrepitoso de los metales estrellándose. 
Alessandro, su hijo mayor —de una primera esposa que sucumbió a un brote de tifus—, parecía acelerar los golpes si notaba que su padre insistía en eso de dar lecciones. De no tener a mano un implemento que causase ruido, aplicaba la antipática técnica del bostezo. El hombre percibía la indirecta y se callaba, desviando la mirada hacia el sol intenso de la fragua. 
Giulio, cuatro años menor que Alessandro —hijo de la mujer que acompañó al viejo hasta sus últimos días—, poseía un don especial para el oficio, demostrando habilidades que, sumadas a su disciplina y paciencia, lo convertían en un herrero magnífico. En sus ratos libres creaba cuchillos, dagas y estiletes de una confección artística llamativa y un inmejorable templado. 
La rivalidad entre esos jóvenes era cotidiana. Alessandro envidiaba las cualidades innatas de Giulio; y este admiraba la fuerza y la virilidad de su medio hermano, que captaba la atención de damas y doncellas. 
Los días transcurrían sin la ocurrencia de nada relevante, cuando una noticia cambió el rumbo de los acontecimientos: una tarde, poco antes del cierre de la jornada, llegó uno de los carruajes de la familia del conde, con el estribo de acceso al pescante roto. El cochero se encargó de entregarle al viejo la misiva que daba cuenta de una complicación inesperada: Lorenzo —maestro herrero del castillo— había caído enfermo, su condición de salud era ciertamente irreversible, y se precisaba un reemplazo con urgencia. Los hermanos Fabbri eran la única opción en varias leguas a la redonda. Pitigliano —el poblado más cercano— era otro condado; por tanto, no podía buscarse a nadie de por allí. 
Semejante propuesta era imposible de rechazar: negarse no era prudente; además de ello, significaba acceder a una mejor posición social, jerarquía y remuneración. 
El texto fue preciso y escueto: se requería un herrero, no dos; algo que al viejo Fabbri le dio alivio, ya que él no podía hacerse cargo de la herrería sin contar con uno de sus hijos. Antes de marcharse con los dos caballos, el cochero le manifestó que la fama de Giulio había traspasado las puertas del castillo y por ello gozaba de cierta preferencia, aunque respetarían la decisión y elección de Matheo. 
Ese comentario final murió en los oídos del viejo, y en la cena intercambiaron opiniones que no llevaron a resolver la cuestión. Ambos muchachos se sentían calificados y pretendían ese puesto.
Fue una noche larga y de desvelo para cada miembro de la familia. 
Al día siguiente, las puertas del taller dieron paso al alba como una jornada más. Visiblemente cansados y mal dormidos, reencendieron la fragua y se abocaron a completar el lote de herraduras empezado el día anterior. Sus gargantas parecían no conocer palabras; el chasquear de los leños era el único murmullo que resonaba en el recinto, mientras Giulio acercaba al yunque una planchuela ardiente. El padre ayudaba con otra tenaza para que Alessandro pudiese deformarla a puro golpe. Su precisión con la almádana de veinte libras era milimétrica. Podía acertarle a un delgado clavo sin cabeza, una y otra vez. Pero aquella mañana, muy probablemente, el cansancio pasó factura. Un único mazazo impactó a un palmo del hierro candente, encontrando como destino huesecillos y carne.

Las crónicas cuentan que el hijo mayor fue finalmente designado herrero del castillo y que su hermano continuó con la herrería varios meses después, luego de una larga rehabilitación de su mano derecha. El viejo falleció al año. El distanciamiento entre los hermanos fue perpetuo.-