Jan Van Eyck (s.XV)                                             El matrimonio Arnolfini

 

UN AÑADIDO

         Culminé esta obra dos años después de partir de Nijmegen —donde finalmente pasé una corta estancia— para retornar a Brujas. Junto a mi equipaje traje unas pocas telas: entre ellas, esta. Había sido convocado para retratar al matrimonio en su residencia de verano, pero la obra no cumplió con las expectativas. Según lo dicho por el señor De Heerst, la pintura no estaba a la altura de la jerarquía de la casa. Por tal razón me comunicó que prescindía de mis servicios. Como único pago pude conservar la tela, no sin antes convencerlo, bajo promesa, de que sería reutilizada de base para otro trabajo. Realmente era mi intención: no desperdiciar ni destruir un lienzo de proporciones generosas. 
Guste o no guste, pinté lo que percibí: a un acaudalado matrimonio que, más allá de no encontrar motivos para amarse, se aborrecía. Compartían un desprecio recíproco. Él la trataba como a una sierva desobediente. Ella lo rechazaba sin mediar palabras, haciendo uso eficaz de cada músculo de su rostro. En el acto, esto irritaba a ese hombre de calvicie rancia y sonrisa olvidada, y ese fastidio suscitaba un mayor rechazo de su consorte. Las escaramuzas creaban un ruinoso ambiente que se nutría de antipatías e intolerancias. Ambos eran los únicos ingredientes de una fórmula que fermentaba cuando se aproximaban. Recuerdo que realizamos varios intentos para conseguir una postura espontánea de manos enlazadas, pero sus extremidades rehusaban arrimarse a esa frontera del afecto. 
La única tarde que la señora posó sin compañía —porque a él le demandaron otros asuntos— vislumbró la oportunidad de sincerar sus sentimientos, libre de tapujos, hablando prácticamente sin intervalos durante cerca de dos horas; con voz monótona y firme, como si yo no estuviese presente; atenta solo a un muro austeramente estucado que parecía mantenerla hipnotizada. 
Se hallaba embarazada, y era lo peor que podía sucederle. No soportaba a su esposo y además creía no soportar la maternidad. Allí inmóvil, confesó —haciendo énfasis en los verbos— que odiaba a las criaturas; que aborrecía escucharlas berrear cual corderos en agonía. Remarcó que, si por ella fuese, no estaría pasando por ese trance que indudablemente le incomodaba con síntomas lógicos: sus tobillos amarillentos permanecían hinchados; por ende, todo calzado era una molestia. Intentaba con unos y otros, aunque acababa optando por descalzarse. Su estómago revuelto la sometía a largos ayunos; no obstante, sentía antojo por los perfumados melocotones recién cortados en la finca. 
Refiriéndose al futuro padre del primogénito, las calificaciones negativas fueron in crescendo. Primero habló de sus infantiles caprichos —lo que supuse cuando decidió colgar en la sala ese espejo innecesario—, que me obligaron a pintar minuciosamente el reflejo de la escena visto desde su punto de fuga. Tan pronto su lengua recobró fuerzas, lo definió como estúpido, sin convicciones, vanidoso y cínico. Reconozco que su descripción pudo haber influido en la expresión que le di a ese rostro. También mencionó una adicción a la tintura de belladona, que lejos de brindarle mejoría a su salud algo deteriorada, la empeoraba, y le confería ese aspecto lívido —que no oculta la pintura—, y que puede haber derivado en su descontento al verse así retratado. 
Finalmente decidí no hacer una nueva pintura sobre la original. Era de mi agrado; y hoy lo es aún más, luego de haber añadido a mi distinguido y entrañable Grifón de Bruselas.-