
Edouard Manet (s.XIX) El suicidio
UN RECORDATORIO
La casa de Pierre Tauziat estaba a unos doscientos metros camino abajo de la iglesia Saint-Christophe de Montvalent, en una parcela cubierta por una arboleda frondosa, enredada por vigorosos pastizales bien impregnados de las aguas del Dordogne, cuyas márgenes inician en ese punto una marcada herradura cambiando su curso sinuoso en dirección al poblado de Creysse. Allí, ese conocido arquitecto vivió en completa soledad desde que perdió a su hijo de veinte años por difteria, en el caluroso y fatídico septiembre de 1889.
El cura que por entonces celebraba las misas me lo describió como un hombre bastante reservado, comprensiblemente apesadumbrado por la contingencia, pero además de un carácter circunspecto. Sus participaciones en las ceremonias eran escasas y cuando asistía llegaba vestido de modo muy elegante, ataviado con bombín y una infaltable pajarita a tono con su saco y chaleco. Recordaba que cuando se habían visto por última vez, precisamente en ocasión del oficio religioso realizado en memoria del segundo aniversario de la muerte de su hijo —y de dos niños que tampoco sobrevivieron a la enfermedad—, Tauziat le había confesado, sin ocultar lágrimas, que estaba atravesando un momento de enorme depresión y que temía no hallar remedio para aliviar su alma atormentada. A pesar de la tristeza y el infinito desánimo, como buen apasionado del arte y la pintura, al despedirse en el atrio le había comentado al cura que tenía a la persona adecuada para encarar la restauración del óleo flamenco de la Virgen y el Niño, deteriorado por unas filtraciones de lluvia en el muro del final del transepto. Parece ser que estaba haciendo clara referencia a Renaud, el forastero que había estado visitando su morada durante al menos dos fines de semana. Esta persona, algo más joven que él, viajaba desde la localidad de Martel en un trayecto de unas dos leguas y se quedaba como huésped a pasar la noche.
En cuanto el disparo seco estremeció la quietud en las primeras luces del día, se acercaron hasta el lugar dos vecinos que se hallaban en los alrededores. Al ingresar, previo a encontrarse con el pobre hombre tendido sobre su cama, sosteniendo aún el revólver y agonizando por algunos minutos antes de expirar, pudieron observar que, entre las diversas pinturas exhibidas en las paredes de la sala de estar, se hallaba una por demás desconcertante, que prácticamente recreaba la misma escena que, al instante, presenciarían desde la puerta de uno de los dormitorios. Posteriormente comprobaron que ese óleo de llamativa excelencia estaba firmado por Renaud.
Desde el inicio de las investigaciones la policía indagó al pintor, que explicó con franqueza y sin reparos toda la situación. Tauziat le había encargado en principio un retrato de su finado hijo a partir de una fotografía y meses después lo había contratado para realizar esa controvertida pintura posando él mismo como modelo, con el fin de tener a su alcance un artístico recordatorio de que no debía desesperar, porque existía la posibilidad de apelar al último recurso.
En el cuadro aparecen entonces padre e hijo. Hoy en día es una de las obras más visitadas del museo.-